Como ya vimos en la entrada anterior, definimos hemorragia como la salida de sangre de venas arterias o capilares.
Podemos diferenciar dos tipos de tratamientos:
Por un lado, el tratamiento local: dirigido a contener y controlar la hemorragia de forma directa. Para ello, algunas de las actividades que se deben llevar a cabo son:
- Aplicar presión directa sobre el vaso sangrante, preferiblemente con gasas limpias. Si la gasa se empapa de sangre, no debemos retirarla; sino colocar otra nueva encima.
- Si se trata de una lesión en una extremidad, elevar la zona afectada por encima del nivel del corazón sin retirar la compresión. Esto disminuye la presión de la sangre en el lugar de la herida y ayuda a reducir la hemorragia.
- Realizar presión sobre el vaso que irriga la zona afectada.
- Como última opción, cuando la hemorragia comprometa la vida del paciente; realizaremos un torniquete. Es decir, el torniquete solo se realiza cuando los métodos anteriores no reducen la hemorragia ya que produce la detención de toda la circulación sanguínea provocando la muerte del tejido.
Por otro lado, el tratamiento general dirigido a restablecer la perfusión y oxigenación del organismo, a reponer la volemia y los componentes hemáticos y disminuir la ansiedad del paciente. Para ello , algunas de las actividades que deben llevar a cabo los profesionales sanitarios son:
- Administrar oxigenoterapia para corregir la hipoxia (déficit de oxígeno en sangre) provocada por la hemorragia.
- Reponer la volemia: mediante sueroterapia, expansores de plasma o concentrados de hematíes.
- Controlar las constantes vitales frecuentemente para valorar la evolución del paciente, así como controlar la diuresis y el patrón respiratorio.
- Realizar extracciones de sangre para valorar la hemoglobina y el hematocrito del paciente.
- Vigilar la zona de lesión y controlar los apósitos colocados en la zona.
- Tranquilizar al paciente disminuyendo así su frecuencia cardíaca.
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